EDUCACIÓN

Obligados a querer

Por Grisel Guerra de Avellaneda

“Si cada uno de los presentes convirtiese en norma que dondequiera que estén, siempre que puedan, intentarán ser un poco más amables de lo necesario… el mundo sería un lugar mejor. Y si lo hacen, si se comportan con un poco más de amabilidad de lo necesario, alguien, en alguna parte, algún día, quizá reconozca en ustedes, en cada uno de ustedes, la cara de Dios.”

 

Pasaje de La lección de August

R. J. Palacio

 

Sí. Yo obligo a mis hijas a querer a la gente. Obligadas, obligadas. Con la mayoría de las cosas suelo ser comprensiva, negociadora, las escucho, cedo… pero con el cariño que le profesamos a los demás, me vuelvo una tirana y les digo que no hay negociación: que hay que querer a todo el mundo y que no acepto que vengan a hablarme mal de nadie.

En la medida que los niños van creciendo, empiezan a tener cierto criterio para identificar rasgos de la personalidad de otros que pueden resultarles incómodos o que simplemente pueden ser poco compatibles con los de ellos. Estos momentos, aun sin saberlo, suelen sorprendernos y alguna vez incluso nos pueden resultar graciosos. “Mamá, esa niña siempre se queja”; “mamá, fulana es un poco tonta”… al menos a mí me llamó la atención cuando empezaron a ser capaces de identificar los defectos en otros.

Es un riesgo que, sorprendidos por esa madurez para observar el mundo con ojos críticos, los animemos a señalar a otros o, peor aún, a que esas diferencias sean ocasión de elegir a las personas para que sean o no sus amigos. Esto no se contradice con la natural empatía que se da entre personas similares. Lo más común es que nuestros hijos sean amigos de niños similares a ellos; me refiero más bien a las enemistades, que a mi juicio, no deben existir.

Recientemente leí un libro maravilloso, cuya película está ahora mismo en cartelera –Wonder-. En una historia narrada desde varias perspectivas, lo que nos permite mirar desde dentro los corazones de cada personaje; podemos ver que un corazón que naturalmente está dispuesto a vivir la caridad, construye un mundo mejor. Así, tal cual, es tan importante que aprendamos todos a estar dispuestos a querer, a querer mucho, porque de eso depende que seamos capaces de construir sociedades justas y fraternas. Sin caridad, cualquier ejercicio ciudadano es vacío.

¿Por qué las obligo? Porque creo que la caridad hay que enseñarla en sobreabundancia para que luego, cuando cada cual madure y tenga que administrarla pasando por el terrible filtro del egoísmo, quede una medida razonable en la que no despreciemos jamás a nadie ni neguemos nuestros afecto.

Que los demás –sin distinción- nos encuentren siempre con el corazón abierto de par en par dispuestos a querer. Siempre dispuestos a reiniciarnos, a olvidar cualquier episodio que haya podido poner en jaque nuestra buena disposición a apreciar las cualidades de cada quien.

En el libro que los invito a leer, hay un ambiente lleno de normalidad, de niños que son normales… con un corazón que a veces tiene miedo, pero que luego se decide a querer y hacer la diferencia. Y la diferencia se contagia, porque todos estamos hechos para querer. Si hay algo que merece no ser tolerado, es el desprecio, el señalamiento y las distancias a priori.

 

Grisel es esposa de Armando y mamá de Alessia (7) y Alejandra (10). Es comunicadora de profesión y profesora universitaria por vocación. Amante de la literatura y creadora de la comunidad virtual @cosasdeninosoficial . Una fiel creyente de que en el mundo los buenos somos más