FAMILIA

Niños sin norte, padres sin brújula

por Yohana Dennen

Si me hubiesen preguntado a los 12 ańos que definiera a mis papás en una palabra, hubiese dicho a esa edad, que eran exigentes. Hoy, 25 ańos después, casada y madre de 3 hijos, diría que su capacidad de exigirnos fue directamente proporcional al amor que nos tienen. Y es que amar y exigir no son antónimos. Todo lo contrario, son dos conceptos que van agarrados de la mano.

Desafortunadamente, en el mundo actual la capacidad de exigir de los padres con respecto a sus hijos es menospreciada, criticada y mal vista. Todo aquello que represente orden, disciplina o normas de convivencia es considerado estrechez mental. De este modo, estamos desarrollándonos en una era moderna donde pareciera que lo importante no es el ejercicio cabal de las funciones como padres, sino la búsqueda constante de querer ser “aprobados” por nuestros hijos y la sociedad en cada paso que damos.

Así es muy difícil educar. Seguir ese camino es la receta para el desastre. La primera clave que representa la grandeza de la enseñanza, nos recuerda Aristóteles, consiste en reconocer que “las raíces de la educación son amargas, pero sus frutos son dulces”. Por tanto, continúa el filósofo griego, “adquirir desde nińos tales o cuales hábitos no tiene poca importancia, tiene una importancia absoluta”.

Entonces, ¿qué tipo de coordenadas podemos establecer en nuestro ambiente familiar que permita fortalecer el carácter de nuestros hijos y los ayude a crecer en virtudes?

* Dejar de pensar que somos unos padres crueles por decirle que “No” a nuestros hijos: todos deseamos que nuestros pequeńos sean en un futuro hombres y mujeres responsables y capaces de controlar sus emociones, pero no vamos a lograr ese objetivo si les concedemos todos sus caprichos. No permitas que el “no” que habías dicho con tanta firmeza se convierta en un “sí” otorgado a regańadientes para ahorrarte el llanto o una pataleta pública. En este caso, no estamos educando sino creando un experto manipulador.

* No podemos quitarle autoridad al cónyuge cuando estamos delante de nuestros hijos o terceros: las normas que hayan establecido los esposos para la formación de sus hijos deben mantenerse entre ambos por encima de las circunstancias, las personas involucradas y los lugares. Será imposible ganarse el respeto y la confianza de nuestros hijos si ellos ven que las directrices o normas establecidas van cambiando dependiendo de nuestro estado de ánimo, del clima que nos ofrezca la ciudad o de los espectadores que tenemos alrededor. Nuestros hijos deben ser los primeros testigos de nuestra autenticidad tanto en el hogar, en la calle como en las redes sociales.

* Debemos criar a los hijos que tenemos y no a los que soñamos o imaginamos tener: aunque los hermanos viven comparándose continuamente para ver si nosotros le damos a todos un trato igualitario, tenemos que ser padres realistas: No tenemos 2 hijos iguales ni procreamos hijos idénticos en serie. Cada uno es diferente. El que tiene más de 2 hijos sabe que ellos vienen con temperamentos, caracteres y personalidades -en muchos casos- totalmente opuestos. Así que lo que funciona para un hijo introvertido no necesariamente se adapta ni logra conseguir los mismos resultados para el que es extrovertido y con carácter volátil. En mi casa, hubo un ejemplo famoso entre mis hermanos. Todos teníamos clarísimo que si nos portábamos mal, habría más temprano que tarde, una consecuencia. Sin embargo, tomó un poco más de tiempo e investigación para mis papás determinar qué tipo de consecuencia podría causar el efecto adecuado en uno de ellos. Mis padres cuentan que cuando mandaron a uno de mis hermanos a su cuarto como castigo, él era feliz porque aprovechaba el tiempo para leer un libro interesante y, si le decían: “todos nos vamos para la playa pero tú te quedas en la casa”, ocurría que cuando llegaban todos del plan playero pensando que aquello había sido significativo, se encontraban con la sorpresa de que había arreglado solito la plancha dañada y vieja de la casa y, ahora todos los hermanos celebrábamos la gran hazaña de la plancha reparada. Total que mis papás, en lugar de tirar la toalla y pensar que mi hermano era más listo que todos en la casa y que su conducta era irreparable, mi madre se dio cuenta que su gran debilidad era comer carne y el día que recibió como consecuencia que no comería carne en un almuerzo o una cena, se acabó el mal comportamiento. Tenemos que conocer detalladamente a nuestros hijos para saber cuáles consecuencias los podrían ayudar a rectificar sus patrones de conducta para que puedan ir afinando sus virtudes.

* No excusar a nuestros hijos de sus actos: todas nuestras acciones repercuten positivamente o negativamente en la sociedad. El problema actual surge cuando los padres tenemos pánico de llamar las cosas por su nombre por miedo a herir los sentimientos de nuestros hijos o las masas. Al relativizar las cosas y los acontecimientos dándole el siguiente valor “nada es bueno ni malo, sino que todo depende del cristal con que se mire”, resulta muy difícil construir una mentalidad crítica con una conciencia bien formada. Como padres, convendría transmitir a nuestros hijos que ellos siempre tienen la capacidad de escoger un buen comportamiento frente a uno malo o viceversa. La libertad de escoger entre lo bueno y lo malo siempre existe, pero una vez realizado el acto, ellos deben aceptar sus errores, las consecuencias y, si es posible, rectificar lo ocurrido.

* No sustituir el cariño ni el tiempo por bienes materiales: Recientemente, salió un análisis de la sociedad estadounidense que reflejaba lo siguiente: “cobramos más que nunca, nos alimentamos mejor, somos más saludables y aún así el suicidio adolescente se ha triplicado y la criminalidad se ha cuadruplicado, porque la acumulación de bienes es tan alta como el número de niños y adolescentes que sienten vacío en sus vidas”.  Cuando no se tiene tiempo, pero sí dinero, es más fácil proporcionar un bien material como recompensa. Sin embargo, no nos damos cuenta que el consumo es -en gran número de ocasiones- un sustituto de una necesidad afectiva mayor. Por tanto, cuando nuestros hijos no se sienten queridos sino ignorados y el cariño es reemplazado por cosas materiales, los resultados de inestabilidad, inseguridad y pérdida de autoestima son realmente nefastos.

Hoy, los invito a que nos preguntemos si en nuestro rol de padres existe la filosofía: “como vaya viniendo, vamos viendo” o, si por el contrario, nos hemos sentado a conversar como esposos y progenitores sobre la gran responsabilidad que tenemos en nuestras manos, tratando de definir qué valores queremos transmitir a nuestros hijos y qué mecanismos utilizaremos en el proceso. Un famoso autor americano señaló: “cuando se pierde la riqueza, nada se pierde; cuando se pierde la salud, algo se pierde; cuando se pierde el carácter y el cariño, todo se pierde”. No podemos dejar que nuestros hijos se pierdan en el camino, porque no saben hacia dónde se dirige el barco ni quién es el cápitan de la tripulación que los enseñará a llegar a puerto.

 

Yohana es Abogado, esposa de Pat y mama de Thomas, Michael y otro niño que viene en camino. Actualmente vive en Estados Unidos con su familia y se dedica a “humanizar” la rutina familiar con alegría, creatividad y buen humor.