EDUCACIÓN

El reto de educar adolescentes

por Mariacaro González

El trabajo de los padres es un contrato completo, complejo y vitalicio. Es la ocupación más exigente y menos remunerada del mercado.

No hay, sin embargo, encargo más enriquecedor en (y para) este mundo.

Hace poco tuve oportunidad de visitar a una amiga que tiene una bebé pequeña. Días después pasé parte del fin de semana con una prima, mamá de adolescentes. Me hizo gracia constatar que, estén en la etapa en que estén, la formación de los hijos es siempre un reto en el que se pone en juego todo lo que somos. Dicho de otro modo: la formación de los hijos cuesta. Cuesta siempre. Exige siempre. Pero, también siempre, vale la pena.

Con frecuencia la tarea formativa de los adolescentes parece un poco más cuesta-arriba que en otra etapa del desarrollo de los hijos. Parece especialmente agotadora, especialmente ingrata, especialmente incomprendida.

Hay un “algo” en las actitudes, respuestas y decisiones de nuestros adolescentes que nos puede hacer olvidar– no, no; corrijo: no sólo olvidar, que nos puede hacer añorar las noches de desvelo, los pañales sucios −incluso cuando interrumpían el almuerzo−, las persecuciones mientras aprendían a caminar, los llantos interminables y/o muchas de las otras peripecias que nos ocuparon por un tiempo.

En esos años nos parecía que el reloj de madrugada no avanzaba, que estaríamos agotados perennemente, que cada pequeña salida seguiría pareciendo un viaje de meses, que las ojeras se habían instalado en nuestras facciones… y, como todo en la vida, ya pasó: aquí estamos ahora, amando y disfrutando a ese precioso niño que es hoy nuestro precioso adolescente.

Ya lo decía Machado: “todo pasa y todo queda, pero lo nuestro es pasar haciendo camino sobre la mar”. Nuestros hijos crecen y crecen rápido; y así como logramos “superar con éxito” la etapa de los cólicos y las vacunas, también podemos “tener éxito” en nuestra versión de padre/madre de un adolescente.

Lo dicho: la tarea de acompañar a un ser humano a conocerse y encaminarse a alcanzar su plenitud no es fácil… pero nada que importe lo es.

No hay recetas mágicas. La libertad y singularidad de cada uno de nuestros adolescentes (hijos/alumnos/sobrinos/nietos) imposibilita las respuestas estandarizadas. No obstante, hay algunas pinceladas generales que convendría recordar a fin de aprovechar un poco mejor este particular “camino” entre la niñez y la juventud en nuestra convivencia familiar cotidiana.

  • La adolescencia es una etapa de crecimiento intenso y por tanto presenta un conjunto de amenazas y oportunidades que tenemos que identificar con objetividad, prudencia y sentido positivo; es decir, ni ignorar ingenuamente lo que ocurre o podría ocurrir (“¿mi hijo? No, a mi hijo no le pasaría eso”), ni actuar movidos por el miedo y la desconfianza. Será necesario que logremos tener los ojos abiertos y el corazón dispuesto para aprovechar lo mejor posible las ocasiones que se presenten.
  • Esa intensidad del crecimiento y desarrollo propios genera la aparición de una nueva noción de sí mismos y la construcción del autoconcepto, de allí que tiendan a separarse de sus padres y otras figuras de autoridad, que busquen identificarse con amigos y pares, que resguarden con tanto celo sus espacios y tiempos de intimidad. No obstante, esa “necesidad de separación” es limitada, pues va invariablemente acompañada de una igual necesidad de ser bien vistos y de que sus padres (y profesores y amigos) estén contentos con sus acciones, estilos y comentarios.
  • Se caracteriza también por ser una etapa altamente afectiva en la que tienden a vivir el presente con alta intensidad y poco autodominio. Suelen tener poca experiencia del tiempo, de lo efímero del hoy y del impacto que tienen y pueden tener las decisiones actuales en el futuro.
  • Unido a todo esto están el ritmo de vida al que nos movemos y la cultura del mundo actual, habitada por un enorme, veloz y continuo bombardeo de información, para cuya comprensión y adecuada asimilación pocas veces están preparados, pues no tienen aún la madurez y las herramientas necesarias para ello.

No vamos a alargar esta lista: lo que interesa de momento es destacar que la vida interior del adolescente no es tan sencilla, ni tan negativa ni tan irrelevante como a veces se cree; y plantearnos 5 estrategias que podrían servirnos en el reto continuo de educar adolescentes:

  1. Tratarlos como protagonistas de su propio proceso de crecimiento: exigirles con claridad, cariño y firmeza. Establecer consecuencias (preferiblemente con ellos) y mantenerlas, fieles a lo acordado, aunque cueste y tratando (¡al menos haciendo el esfuerzo!) de no molestarnos, ni subir el tono.
  2. Fomentar la comunicación abierta de dos canales: 1. Escucharlos: fomentar que den nombre a lo que piensan y sienten. 2. Plantear argumentos: que no es “justificarnos” sino hacerlos pensar, darles criterios de actuación.
  3. Dedicar tiempo de calidad a abordar los problemas: porque estos no se resuelven solos, porque nuestros hijos merecen el esfuerzo que hagamos por ayudarlos, porque el ser humano necesita crecer acompañado y porque nadie le quiere como yo, que soy su padre y por tanto nadie es capaz de suplir la ayuda que yo puedo darle.
  4. Plantearnos su proyecto de crecimiento con sentido profesional: toda empresa importante se propone una metas, unas estrategias de actuación, una distribución de tareas… en la empresa vital de nuestros hijos también “aplica” esta necesidad de organización que se funda en el amor recio (no puramente sentimental), procurando aprovechar sus fortalezas para superar las limitaciones.
  5. Recordar que sería injusto pretender o esperar que actúen como adultos porque no lo son: son adolescentes y actúan como tales, lo importante es mantener la exigencia correspondiente a su edad y posibilidades, haciéndoles saber que nuestro amor por ellos es incondicional.

Cuanto más difíciles “se pongan”, más nos necesitan. Es un trabajo arduo, pero no árido. Nos hemos equivocado y nos equivocaremos, también ellos. Lo importante es seguir caminando impulsados por la decisión de ayudarlos a convertirse cada día en la mejor versión de sí mismos.

* * *

«Caminante, son tus huellas el camino y nada más. Caminante no hay camino: se hace camino al andar. Al andar se hace camino y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca sea de volver a pisar. Caminante, no hay camino sino estelas en la mar»

Extracto de Proverbios y cantares (XXIX). Antonio Machado.

 

Mariacaro es educadora de profesión, oficio y pasión. Se ha especializado en los temas de Antropología Filosófica y Familia, los cuales considera clave e íntimamente relacionados con la recuperación de este mundo nuestro. Fanática del buen cine y la buena literatura, medios privilegiados para la educación y transmisión de valores.