FAMILIA

El encanto escondido de los bisabuelos

por Carolina Adell de Olivares

En ocasión de las fechas decembrinas tuve la oportunidad de ir a visitar a mis abuelos. no vivo en la misma ciudad que ellos, por esto no puedo verlos con la frecuencia que me gustaría y casi siempre al viajar a su ciudad voy de carreritas y con muy poco tiempo. Esta vez contaba con tiempo suficiente para que estas visitas fueran relajadas y distendidas, así que ni lo dudé y me fui a saludarlos.
Creo que todos coincidimos en que las visitas a los abuelos suelen proporcionarnos momentos gratísimos, llenos de historias, risas, fotos para hacer perdurar el momento, comidas riquísimas llenas de memorias y mucha llenura (y no me refiero a la de la barriga). Pero cuando estas visitas van acompañadas de la algarabía, la espontaneidad, la brusquedad y la inquietud de los bisnietos, entonces allí la cosa se transforma.
Oír a mi Yaya (así le decimos a mi abuela paterna) contarle a mis hijas –mientras hacíamos el postre tradicional de su casa, empanadas de batata- nuestros cuentos de cuando vivimos juntas, me derritió el corazón. No hubo ni asomo de nuestros “malos” ratos, de mis tremenduras de adolescente impaciente. No, solo contaba las buenas historias, las tortas que le hacía y de cómo le gustaban a mi abuelito, los viajes juntos a la playa… De vez en cuando, de tanto recordar, se le escapaba alguna lagrimita. Mis hijas, de tanto en tanto, la veían a ella y volteaban a verme a mi con caras de asombro o alegría, dependiendo de la historia.
En casa de mis Itos (Ita e Ito le decimos aun viejotes, a mis abuelos maternos) la visita también estuvo llena de tradición. Pudimos con ellos rezar y cantar la corona de adviento. Mi tía sacó el cuatro y todos fuimos pidiendo nuestro aguinaldo favorito. Cuando todos los niñitos se fuerona comer torta con la bisabuela y la tía, mi abuelo me vió y me dijo: mija, ¿qué me iba a imaginar yo que iba a tener un domingo de adviento tan alegre y bonito y me abrazó.
Que los bisnietos compartan con sus bisabuelos es una de las mejores medicinas “espirituales” que hay en este mundo. Aquellos con sus gritos, su corredera, sus imprudencias, con su forma tan propia de ser les devuelven un poco de vida , despiertan en estos nuevas energías, se vuelven a enternecer con los chupones de los más chiquitos y se tornan maestros haciendo despliegue y pompa de sus conocimientos ante las incesantes preguntas de los más grandes.
Los bisabuelos se sienten doble o triplemente orgullosos y completos cuando están con los bisnietos. La vida les regaló la dicha, no solo de ver crecer a sus hijos y a los hijos de sus hijos, sino que además y cómo “guinda del helado” -a los que Dios les ha permitido-, ven crecer a una nueva generación.
A los nietos los abuelos nos regalan un poco de perspectiva en la crianza de los hijos. Nos insisten en tenerles paciencia, “no te preocupes si se ensució, eso se limpia, son niños”; nos instan a disfrutar cada momento, “anda, juega con él mientras yo hago esto, el tiempo pasa muy rápido”; nos reclaman no pelear por naderías, “déjalo que no se coma eso, ya aprenderá cuando crezca”… La vida, los años vividos, los han hecho sabios, pacientes. Disfrutan más de todo porque “la vida” les ha demostrado que todo pasa y pasa muy rápido.
Procuremos más seguido el encuentro de nuestros niños con sus bisabuelitos, si tenemos la suerte de tenerlos aún.
Carolina es esposa de Alberto y mamá de Ana Sofia, Ana Valeria, Luis Felipe y Juan Andrés. Viene de una familia de educadores y es licenciada en educacion preescolar. Actualmente además de criar a sus hijos trabaja como coordinadora en un colegio en su ciudad natal: Barquisimeto, Venezuela; y junto a su esposo son algunos de los impulsores de la organización Familias para Familias en esa misma ciudad .