EDUCANDO

Mi hijo es diferente…

Por: MARÍA VERÓNICA DEGWITZ /

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A muchos nos ha pasado: puede ser porque nos damos cuenta de que nuestro hijo se está tardando más que su primo en hablar, o porque no le gusta el fútbol como a sus amigos, puede ser porque pasa mucho tiempo buscando piedras en el jardín, o porque la maestra nos dice que no está quieto en las horas de clases… Más adelante puede ser porque todavía juega con muñecas mientras sus amigas ya están pendientes de bailar en las fiestas, o porque le cuesta mucho la química, porque es muy tímida, o demasiado inquieto, porque lo molestan en el colegio o porque le gusta la música clásica.

No hay nada que nos angustie tanto como ver que nuestro hijo es diferente: que no va con los demás, que no se parece a ellos, que le cuestan ciertas cosas… Empezamos a preguntar a todos a los que están a su alrededor cualquier estadística que nos ayude a tranquilizar nuestra mente. Comenzamos a contar y a comparar, a investigar, a leer libros y a buscar ayuda de profesionales.

Puede ser que sea hiperactivo, superdotado, inmaduro, inquieto, inseguro, disléxico… o cualquier otro diagnóstico que nos de una explicación al porqué es diferente… Y sufrimos. Sufrimos porque no queremos verlos aislados. Sufrimos en las entrevistas en el colegio, o cuando no lo invitan a un cumpleaños. Nos acostamos en la noche preguntándonos porqué le cuesta esto o lo otro, o porque tiene gustos tan particulares. Sin querer los comparamos con los demás: los que se portan bien, los que aprendieron a leer en dos meses, los que juegan bien fútbol, etc.

Lo peor es que no terminamos de entender es que nuestro hijo NO es diferente: todos somos diferentes. Todos tenemos fortalezas y debilidades, virtudes y defectos. El sistema y la sociedad nos han enseñado a exigir una «normalidad» que no es tal. Lo normal no es ser bueno en matemática, lo normal no es jugar bien fútbol, lo normal no es estar quieto en una silla dos horas seguidas. Lo normal es lo propio, lo que ellos están llamados a ser. Lo normal puede ser leer más tarde, o no entender los números pero ser excelente en música. Lo normal puede ser jugar bien ajedrez, o ser experto en armar rompecabezas, ser bueno escuchando o cualquier otra actividad que apasione a nuestros hijos.

Creo que a veces educamos para cumplir expectativas ajenas y nos olvidamos de que somos los primeros defensores de la autenticidad de nuestros hijos. De recordarles todos los días que son únicos, que son diferentes… y que tienen el deber de ser la mejor versión de ellos mismos! porque en las diferencias está la riqueza de la vida. Para eso estamos en el mundo, para dejar nuestro sabor, nuestro toque. Y esto no podrá ser si nos preocupamos todo el tiempo por «normalizarlos» y por introducirlos en un patrón que no es el de ellos.

También tenemos otra labor: educar en la diferencia, y no sólo a nuestros hijos, a todos los que nos encontremos. Enseñemos a valorar al otro por lo que es. Animemos al niño a jugar con alguien que no sea igual a él. Motivemos a otros papás y al colegio a abrirnos a nuevas posibilidades y a aprender a convivir sin miedos ni rechazos. Es nuestra labor crear un mundo en dónde lo normal cada vez importe menos, y las personas importen más.

Así que a los papás de los tímidos, de los inventores, de los inquietos, de los hiperactivos, de los inmaduros, de todos: aceptemos la diferencia, no sólo es nuestro deber aceptarla sino motivarla!!! Motivemos a nuestros hijos a ser ellos mismos. Tenemos que esforzarnos en hacer que se sientan queridos y aceptados con sus limitaciones, con sus gustos, con sus inquietudes, siempre luchando por ser cada día un poquito mejores. Seamos los mayores defensores de las diferencias de nuestros hijos… son esas diferencias las que los hacen como son y por eso los queremos tanto!

 
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