EDUCANDO

Ternura y firmeza

Por: MARÍA VERÓNICA DEGWITZ /

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Este es el título de un libro recomendadísimo de Alexander Lyford-Pike. Pero tambien engloba en tres palabras lo que debe ser el estilo educativo de todos.

Ayer estaba en un evento cultural y observaba cuidadosamente a una mamá con su hija. Era una niña con necesidades especiales de unos 10 años y se veía que le costaba estar tranquila en su sitio disfrutando del evento. Cada vez que se sentaba en el suelo, o que comenzaba a intranquilizarse yo veía como la mamá cuidadosamente la volvía a centrar y luego le frotaba la espalda cariñosamente. Esto pasó mas de una decena de veces, a veces la madre le decía algo al oído y ella la escuchaba atentamente. Nunca vi que la mamá perdiera la paciencia, ni se pusiera brava, todas y cada una de las veces la acarició mientras la corregía.

Ese episodio me dejó pensando que así debería ser todo acto educativo. Hoy se piensa que a los hijos no hay que exigirles tanto, que hay que dejar que sean, sin embargo yo siento que aprendí mucho de esta mujer que pudo haber dejado que su hija se portara como quisiera (todos los que estabamos ahi lo ibamos a entender) pero que escogió exigirle con cariño, escogió enseñarla a ser fuerte y con eso le estaba diciendo que ella si era capaz, y ese es un acto de amor muy grande.

Al exigirle a nuestros hijos les estamos diciendo que ellos si son capaces de ser fuertes, de ser leales, de ser generosos y honestos, y que la mayoría de las veces estas cosas les costarán, pero recordarán la caricia de su mamá al exigirles y reconocerán que las cosas que cuestan son las que más valen la pena.

Esto no quiere decir que no existan situaciones en las que vamos a perder la paciencia, o en las que se necesite un acercamiento un poco más fuerte. Sin embargo, debemos tener en cuenta que el acto consciente de educar implica necesariamente enseñar tambien a amar. Porque ese es nuestro fin: enseñar a nuestros hijos a amar, y a amar bien.

Ojalá siempre me acuerde esta señora, que en una hora me enseñó tantas cosas. Que no es cuestión de ser militar y de pelear todas las batallas, que tampoco es cuestión de dejar que hagan lo que quieran con tal de que la pasen bien. Que el perfecto equilibrio es saber exigir en los detalles importantes pero hacerlo siempre con una sonrisa, con un abrazo… Que nuestros hijos se den cuenta de que creemos en ellos, que son capaces y que estas exigencias los harán mejores y más felices…

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