VIDA EN FAMILIA

Ahora te toca a ti…

Por: MARÍA VERÓNICA DEGWITZ /

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Estamos viviendo una revolución inconclusa. En solo 50 años el mundo ha dado un vuelco en muchos aspectos y la familia no ha sido la excepción. Las mujeres salimos a trabajar, los hombres están descubriendo la riqueza de la vida doméstica y los hijos están aprendiendo a llevar todos estos cambios. No tengo ningún tipo de añoranza por tiempos pasados, creo que el tiempo que nos ha tocado vivir, aunque difícil en ciertas áreas, encierra un sinfín de posibilidades y proyecta una familia posible, en la que todo se comparte…

Sin embargo, aún nos falta mucho por recorrer, y navegar estos cambios no ha sido fácil: la mayoría de las veces no entendemos donde estamos parados, ni cual debe ser nuestro rol en la familia. Los sentimientos de culpa, las acusaciones, los conflictos están a la orden del día a la hora de dividir el trabajo en la familia, tanto el externo, como el doméstico. Todos queremos más, todos queremos ganar, y en esta dinámica tan compleja se nos va de las manos la armonía familiar.

Esta semana tuve la suerte de participar en un congreso sobre familia en la Universidad de los Andes, y una ponencia de The World Family Map explicaba como era la división del trabajo en familias alrededor del mundo, y como se relacionaba esta división con la felicidad de estas familias. La primera conclusión fue inesperada: la manera de dividir el trabajo en familias alrededor del mundo es completamente variada: en los países estudiados existían todas las maneras de división del trabajo (trabaja uno, trabajan los dos, las labores domesticas se comparten, etc.) Y no se ve una tendencia dominante en ninguna región. Y la segunda conclusión mas inesperada todavía: las familias son felices independientemente del sistema de división del trabajo que hayan adoptado.

Esta investigación me dejó con un buen sabor de boca, y la realidad es que a la hora de decidir quién va a hacer qué en la casa o fuera, no se pueden seguir recetas: cada familia es única, cada pareja debe descubrir qué les funciona según sus aptitudes, temperamento, manera de trabajar, etc. Lo importante es terminar de aceptar que el tiempo familiar, las labores de cuidado de los hijos y de la casa no son un castigo ni una humillación, y que corresponde a todos en la familia hacerse cargo.

Un psicológo catalán escribió un articulo interesante titulado “Yo no ayudo a mi mujer con los niños ni con las tareas de la casa” como respuesta a unas mujeres que lo vieron con sus niños en el automercado y lo elogiaron por ayudar a su mujer. El afirma entonces que el no ayuda, ni ayudará a su mujer: que el baña a sus hijos porque son sus hijos, que hace la compra porque es su casa y que todo eso es responsabilidad de los dos.

Creo que poco a poco nos vamos a ir dando cuenta de que la familia es escuela de humanidad, es el lugar de reparación, de reconocimiento, es más importante de lo que pensamos: es el sitio donde nos quieren a pesar de todo… y no puede ser la última de las prioridades. El tiempo de la familia no puede ser el que sobra después del trabajo, el ejercicio, el hobby y la vida social.

Es tiempo de conciliar, de integrar, de reconocer que tanto la madre, como el padre son insustituibles en el hogar. De saber organizar mejor nuestro tiempo, de pensar en el otro, de sacrificar ciertas cosas por el bien de todos, de defender el tiempo de pareja, en definitiva: de poner de protagonista a quien lo merece.

La revolución terminará el día en que no digamos: ahora te toca a ti!, el día que dejemos de dividir la cantidad de pañales cambiados o las horas de lavado de platos. El día en el que tanto el hombre como la mujer sepamos entregarnos por completo a nuestra familia, dándoles lo mejor de nosotros mismos, sin contar cuanto he hecho y cuanto ha hecho el otro. Sé que nos falta mucho. Pero tengo esperanzas, porque creo que, más allá del machismo, el feminismo, de las batallas justas e injustas y de las ideologías, el poder del amor puede transformar nuestra realidad, y darle a la familia el lugar que merece.

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