EDUCANDO, VIDA EN FAMILIA

¡Mi mamá es mía!

Por: MARÍA VERÓNICA DEGWITZ /

 

Recuerdo la impresión que me causó escuchar la definición de justicia por primera vez: “Dar a cada quien lo que le corresponde, lo que necesita, lo suyo”. La justicia no era, como lo había creído por mucho tiempo, dar a todos por igual. Este concepto debe grabarse en nuestra mente de padres modernos, y sobre todo en los que tenemos varios hijos: Educar no es un proceso en serie, es  una labor artesanal, y para darle a cada hijo lo que le corresponde, lo que necesita, debemos conocerlo muy bien.

 

Muchas veces la solución perfecta a los celos y las peleas entre hermanos es darle a todos equitativamente lo mismo, sin embargo, esto no es siempre lo que conviene. Hay hijos que en algún momento pueden necesitar más de nuestro tiempo o de nuestra atención, y otorgárselos no sólo es justo, es también necesario para que ese hijo pueda salir adelante.

 

¿Cómo manejar entonces los celos entre hermanos? Algunos responderán que hay que ser igualitarios en nuestro tiempo, nuestra atención y hasta las cosas materiales. Pero yo quisiera ir más allá: a los hijos hay que enseñarles la verdadera caridad; hay que enseñarle a a alegrarse por las alegrías de sus hermanos y a entristecerse por sus tristezas; hay que enseñarles desde chiquitos a entender que a veces alguno de ellos necesita más atención, y ellos, en vez de entristecerse, deben hacer todo lo que está en sus manos para ayudar a su hermano también.

 

Es fácil decirlo, pero observar a una niña de cuatro años llorar amargamente al observar  la montaña de regalos de cumpleaños de su hermanita, no es fácil de manejar. Esos celos  son instintivos, pero nos corresponde a nosotros educar ese corazoncito: decir a la cumpleañera que sea generosa y que comparta alguno de sus regalos con su hermana, y enseñar a la hermana a alegrarse por el bien de la otra.

 

Obviamente es esencial dejarles claro que a todos los queremos por igual, que todos ocupan el mismo espacio en nuestro corazón, pero reconocer que cada hijo es único e irrepetible, como lo son sus circunstancias de vida, nos ayudará a criar mejor y a que ellos también entiendan que a lo largo de la vida sus circunstancias también serán diferentes: a algunos les puede ir bien y a otros mal, pero si se quieren profundamente, con ese amor verdadero que nos hemos preocupado por transmitirles, se alegrarán por los éxitos de los demás y se preocuparán por ayudarles en los momentos difíciles. Porque para eso están los hermanos.

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